Mi perrita guía, mi mundo

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Fotografía, Hernán Villegas Junto a su perro guía
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“Vagando por las calles, mirando la gente pasar, la gente pasar, el extraño de pelo largo, sin preocupaciones va” (Canción El extraño de pelo largo, La joven guardia 1969).

Esta frase es la que viene a mi mente cuando salgo a caminar en compañía de mi perrita guía y es que, de pasar de dar tumbos por la vida, montándome sin bastón y con mi baja visión en cada montículo de arena o de balastro dejado en las aceras mientras efectúan alguna construcción en mi ciudad, a la tranquilidad que me genera el salir con mi ángel, peluda, rubia de cuatro patas; el cambio sí que es radical y fantástico.

Pienso entonces en lo mucho que me sorprende aún cada uno de los momentos, los recorridos, los obstáculos, los huecos, gradas y tantos retos que mi perrita tiene cada vez que andamos por las calles de mi amada Cali o por cualquier otro lugar, pero no los suficientes que la vida nos ha dado la oportunidad de visitar y conocer.

Pienso en su responsabilidad y trato de imaginar lo que ella podrá pensar cuando va haciendo su trabajo. Tanta es mi admiración por su labor a pesar de los 13 años y cuatro meses que llevo como usuario de una perrita guía, antes con la ya fallecida Ofir y ahora con mi rubia Dritta, que imagino lo que diría si pudiera hablar…

“¿Hacia dónde iremos ahora?” Piensa Dritta, “¿Qué nuevo lugar visitaremos?
¡Bueno, vamos, despacio y con cuidado!” “¡Uy, un perrito en la esquina! Pero no, debo trabajar y ahí viene un hueco, me haré hacia un ladito que de seguro pasamos sin percance”. “Continuemos pues por este andén, ¿será que vamos a entrar al restaurante? Por si es así, avisaré con un pequeño movimiento de cabeza en dirección a la entrada. ¿No? Bueno, sigamos entonces que de seguro entraremos al Internet. ¿Tampoco? Sigamos pues y aviso la pasada por la panadería. Pero cada vez me dice ‘vamos’ y yo sigo haciendo la parada y el aviso, pues en cualquier momento hemos de entrar”.

Vuelvo entonces a mi pensamiento mientras caminamos y la veo esquivar gente, postes, alcantarillas y hasta popó de otros perros callejeros; todo esto, mientras escucho voces que replican su respeto y admiración por el trabajo de mi fiel compañera y es entonces cuando saco pecho y sonrío orgulloso.

Me sorprende también mi rubia cuando, con seguridad entra al destino final y sin dudar sigue a la oficina, a la ventanilla del banco, la caja registradora, la estación del transporte masivo, la puerta del taxi que hemos de abordar o a nuestra casa, sea la que sea donde vivamos en cualquier ciudad o población.
 
Es que de verdad, mis amigos, mi vida sí que ha tenido un gran giro desde aquel 2 de octubre de 2005, cuando conocí a mi primera perrita guía Ofir, con la que recorrimos muchos kilómetros juntos durante ocho años y tres meses, tiempo tras el que la jubilé y continué mi camino con Dritta, ese 18 de marzo de 2014.

Es que mucho he conocido con mis perritas guía en estos años, muchas personas nos han abierto las puertas de su casa, muchas las manos que he estrechado y que a mis perritas han acariciado, muchas las personas que nos han apoyado y defendido cuando ha sido necesario ante la incultura ciudadana que aún nos encontramos, pero que por fortuna ha ido cambiando y que hace que cada vez, sean más los lugares donde vamos sin que ello signifique un problema.

Vale la pena anotar que cada obstáculo físico y actitudinal que hemos vencido significa una oportunidad más para mí como persona con discapacidad visual, con mi perrita guía y claro, para aquellas personas que, como yo, han asumido ser parte de este selecto grupo de seres humanos que más allá de contar con la compañía y seguridad de una lazarillo, han decidido hacer historia, aunque seamos una minoría dentro de la minoría. Aportar a la construcción y fortalecimiento de la cultura ciudadana que en nuestras ciudades y pueblos colombianos se ha venido edificando.

Cerraré estas líneas agradeciendo a todos aquellos compañeros con discapacidad visual, ciegos o baja visión, que se han aventurado y que día a día le ponen el pecho a la vida para caminar acompañados de sus perritas lazarillo. Agradezco a mi esposa Alba Lucía Ocampo porque vivió con Ofir, Dritta y yo el maravilloso reto de caminar en las calles de nuestra ciudad y ahora se acompaña también de una hermosa Golden llamada Laksmi, que le brinda afecto, tranquilidad y la certeza de ir al trabajo o a cualquier lado con más seguridad que la que su amigo el bastón le brindó durante casi treinta años.

Doy gracias en nombre de todos los usuarios de perritas lazarillo de Colombia a la Fundación Vishnú del Ciprés, a don Pedro Jaramillo Q.E.P.D. por crear esta escuela, a sus hermanas y por último, pero no menos importante, a Juan Carlos Guerrero y Gustavo Velandia por el inmenso trabajo que realizan para que cada vez que tomemos el arnés y la traílla de cada una de las perritas sintamos la confianza de salir a comernos el mundo, a vivir y regresar a casa.

Les agradezco por permitirnos una alternativa de vida que, como bien lo dice Juan Carlos, “lo que busca es regalar felicidad, sin importar si esta es viajar por el mundo entero o simplemente ir a la tienda o la iglesia de manera autónoma, funcional y segura”.

Invito a los lectores con y sin discapacidad visual, a los medios de comunicación, a las entidades que nos representan, como el Instituto Nacional Para Ciegos - INCI lo hace, y a la omunidad en general para que trabajemos junto a la Asociación de Usuarios de Perros de Asistencia de Colombia en visibilizar cada vez más la labor de los perros que brindan algún servicio a las personas con discapacidad y así lograr que las barreras actitudinales no sean impedimento para que más y más personas ciegas o de baja visión decidan caminar acompañados de un lazarillo que los ayude a ver el mundo por medio de sus caninos ojos.

Por: Hernán Villegas
Usuario de perro guía

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