La unidad funcional: el vínculo más allá del arnés

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Imagen de la Autora con su perro guía
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Quienes no somos escritores expertos y nos aventuramos a un reto como este, casi siempre presentamos una dificultad: no sabemos cómo empezar. Pues bien, voy a contarles lo que está pasando en este momento.

Kiara, mi perrita guía, mi compañera de vida, y yo estamos en mi habitación. Son casi las cuatro de la mañana y ya estoy despierta y aunque no es la hora usual de iniciar nuestras actividades, al sentir mis movimientos ella también despertó y me hizo notar su presencia. Se acercó, lamió mi mano y en este instante está acostada detrás de mí, mientras trabajo en el computador e intento transmitirles a través de estas líneas cómo es nuestra relación más allá del trabajo, más allá del arnés, de su labor como perro guía.

Quiero escribir sobre el poder del afecto, sobre la grandeza del vínculo que hemos construido a lo largo de seis años de convivencia ininterrumpida y de un sinnúmero de experiencias y estoy segura de que muchos usuarios que lean esto se sentirán identificados conmigo.

En Psicología, cuando hablamos de vínculo afectivo, comúnmente nos referimos a las características de la relación filial, especialmente madre e hijo, aunque también se incluyen las relaciones de pareja, las relaciones con los pares (grupo de amigos, hermanos, entre otros). En fin, normalmente se hace referencia a las relaciones entre personas; sin embargo, teniendo en cuenta las características de la vida moderna, encontramos que la mayoría de los hogares cuenta con un animal de compañía, por lo cual también es posible afirmar que se generan vínculos afectivos con animales no humanos.

O acaso, ¿quién no ha llorado la muerte del gato o el perro de la familia? Algunos defienden que dicho vínculo no posee bases sólidas, pues las respuestas emocionales de los animales se reducen a comportamientos condicionados, tesis con la cual estoy en desacuerdo. Observando a mi perra, he aprendido que los animales no siempre responden a las expresiones emocionales de la misma manera ni manifiestan las mismas emociones ante un estímulo determinado.

Los animales no son máquinas conductuales y los perros guía no son la excepción: hay días en los que tienen muchas ganas de salir a comerse el mundo con nosotros y otros en que desearían quedarse en casa simplemente. Hay días en que son nuestro soporte, especialmente si estamos solos y lejos de la familia, y días en que tenemos que ser su soporte…

Mi manada humano-perruna se formó a mediados de 2013, cuando llegó el momento de enfrentar uno de los mayores temores de mi vida, el desplazamiento en las calles. Nuestro vínculo, indudablemente, inició a través del arnés, pues mediante este elemento aprendimos a comunicarnos, a entendernos y a trabajar en conjunto.

Los primeros días –y yo me atrevería a decir que el primer año- fueron difíciles, pues exponerse a aquello que nos genera ansiedad no es que sea para morirse de la risa… Sin embargo, gracias a mi perra, a su paciencia y a su calma silenciosa, poco a poco, paso a paso, esos temores se fueron venciendo, fueron desapareciendo.

Nunca olvidaré la primera vez que llegamos solas a un supermercado, únicamente ayudadas por la dirección y por mi sentido de orientación ¡Esa satisfacción es indescriptible! Y así, con las pequeñas grandes victorias en nuestros desplazamientos, con la cotidianidad de proporcionarle sus cuidados y disfrutar de su compañía, se fue consolidando y fortaleciendo nuestra unidad funcional, nuestro vínculo afectivo, mismo que la mueve a acompañarme mientras les escribo, aunque tiene plena libertad para irse a dormir al lugar de su preferencia.

Hace poco terminó el Carnaval de Barranquilla y dicen que ‘Quien lo vive es quien lo goza’. Este refrán también aplica para nosotros, para quienes convivimos las 24 horas del día junto a un perro guía. Para alguien que no haya vivido la experiencia, será difícil creerme que no requiero de palabras para entender a mi perra, que he aprendido a identificar cuando necesita algo, cuando se siente indispuesta o cuando simplemente quiere jugar. Será difícil creerme que ella logra identificar cómo me siento y responde a mis emociones, arreglando mi día en muchas ocasiones. Será difícil comprender que con un gesto, una mirada, un lengüetazo, una caricia, un movimiento de su cola, una sonrisa de mi parte logramos comunicarnos y compenetrarnos de tal manera que a veces parece que pudiéramos adivinar lo que la otra está pensando o sintiendo.

El vínculo (la unidad funcional) se afianza aún más en aquellas situaciones en las que estamos solos, en las que el perro guía es nuestra única compañía. Ese es mi caso, pues pasé de temerle a las calles a trabajar viajando, a kilómetros de mi casa y lejos de mi familia; todo gracias al maravilloso trabajo de mi perra en las calles, a la seguridad que me transmite, a su apoyo incondicional, ya sea al nivel del mar o a 3.000 metros de altura, a la fortaleza y la sensibilidad que ha despertado en mí esta interacción, permitiéndome asumir retos que anteriormente eran impensables.

Para finalizar, quiero agradecer a todo el equipo de trabajo que conforma la Fundación Vishnu del Ciprés, especialmente a Juan Carlos Guerrero, por tener la sensibilidad y la empatía necesarias para escoger el perro correcto, el perro adecuado, el perro perfecto para cada usuario; porque cada vez que conozco a un usuario y su perro guía, entiendo que mi perra es la perfecta para mí, que con otro perro las cosas no habrían sido iguales; y entiendo que cada amigo usuario tiene el perro perfecto para él, que si tuvieran otro perro diferente tal vez la unidad funcional no se habría consolidado, el vínculo no se habría fortalecido.

Me despido de ustedes con Kiara junto a mí, con una colita agitándose e indicando que el día está a punto de empezar, que afuera hay todo un mundo por descubrir y que ese mundo espera por nosotras.

Por Mariand Orozco
Usuaria de perro guía

 

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